¿De qué me ha servido devorar tantas millas. Miles de kilómetros en este inmenso Continente si al final, todo aquello de lo he pretendido huir, mi némesis, seguirá dentro de mí?
Hace poco estaba en un hotel y por la noche bajé a mecerme en una de las hamacas de la planta baja. Hacía muchísimo calor como para soportarlo dentro de la habitación sin A/C. Allí abajo, me acerqué al dispensador de agua pura, tomé uno de los vasos desechables del medio de la pila de vasos de cartón (tengo esa manía de no tomar ni el primero ni el último) y me serví un poco de agua fría. Los pensamiento de un hombre en hamaca con un vaso de agua en la mano: ¿Dónde estaría ella?, ¿Entre qué gente?, ¿Diciendo qué cosas?. Era imposible saber. Hacía ya un mes que me había autoimpuesto todas las noches turbias, la cama vacía del después, la ausencia de piel verdadera porque creía que lo merecía. Daban igual todas las razones, las excusas, cada una de las palabras. Nunca supe registrar en mi inventario el balance de grises: era blanco o negro. Creí merecer también cada una de sus verdades a medias, todas y cada una de las palabras que supur...
No había escampado en todo el día. La lluvia seguía corriendo enfrente de la casa por la multitud de pequeños riachuelos formados a lo largo del camino. Al principio arrastraba pequeñas hojas. Ahora eran pequeñas piedras que rodaban irregularmente, según su forma, a veces más, a veces menos. Para Felipe , al igual que para sus hermanas y su padre, aquellos eran días de encierro obligado. Las tareas en la finca se habían suspendido. Con esa lluvia, no había mucho que hacer. Daniel, el caporal a cargo de los peones había pasado por la mañana, montado en su yegua pinta (un animal precioso, que ni Felipe ni sus amigos se cansaban de admirar), con una capa café, sucia, a pesar de la cantidad de lluvia que había recibido, y acercándose a la puerta, había levantado su sombrero, un poco, por delante, diciendo: - Quiuvo Evaristo, - ...
Acepto que la memoria sea el viento y las palabras duren en la carne sólo lo que duelen o aman. No escribiré sobre piedra y sólo el calor de este día me calienta en las noches. "Ayer" es una cuerda alrededor de los tobillos y "mañana" es un clavo en una pared que nadie ha visto. -Mímesis Quizá sea verdad que la única cosa cierta de esta vida es que llegará el día en que moriremos. A algunas personas eso le daría miedo. Pero no a él. ¿Cuántos años tenía? No lo recordaba. De todas maneras aquello no era importante. ¿Le importaba a la gente qué edad tenía el volcán de Pacaya?. No. Bueno, talvez a alguna. Pero por lo regular, seguían viniendo porque les impresionaba su fuerza. Su incapacidad para dejar de lanzar lava y ceniza. Su poder. Y a él le gustaba medir su edad por cosas similares. Había tenido caballos. Y no los solía montar. Prefería caminar. Sus ojos "zarcos" hab...
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