¿De qué me ha servido devorar tantas millas. Miles de kilómetros en este inmenso Continente si al final, todo aquello de lo he pretendido huir, mi némesis, seguirá dentro de mí?
No había escampado en todo el día. La lluvia seguía corriendo enfrente de la casa por la multitud de pequeños riachuelos formados a lo largo del camino. Al principio arrastraba pequeñas hojas. Ahora eran pequeñas piedras que rodaban irregularmente, según su forma, a veces más, a veces menos. Para Felipe , al igual que para sus hermanas y su padre, aquellos eran días de encierro obligado. Las tareas en la finca se habían suspendido. Con esa lluvia, no había mucho que hacer. Daniel, el caporal a cargo de los peones había pasado por la mañana, montado en su yegua pinta (un animal precioso, que ni Felipe ni sus amigos se cansaban de admirar), con una capa café, sucia, a pesar de la cantidad de lluvia que había recibido, y acercándose a la puerta, había levantado su sombrero, un poco, por delante, diciendo: - Quiuvo Evaristo, - ...
Hace poco estaba en un hotel y por la noche bajé a mecerme en una de las hamacas de la planta baja. Hacía muchísimo calor como para soportarlo dentro de la habitación sin A/C. Allí abajo, me acerqué al dispensador de agua pura, tomé uno de los vasos desechables del medio de la pila de vasos de cartón (tengo esa manía de no tomar ni el primero ni el último) y me serví un poco de agua fría. Los pensamiento de un hombre en hamaca con un vaso de agua en la mano: ¿Dónde estaría ella?, ¿Entre qué gente?, ¿Diciendo qué cosas?. Era imposible saber. Hacía ya un mes que me había autoimpuesto todas las noches turbias, la cama vacía del después, la ausencia de piel verdadera porque creía que lo merecía. Daban igual todas las razones, las excusas, cada una de las palabras. Nunca supe registrar en mi inventario el balance de grises: era blanco o negro. Creí merecer también cada una de sus verdades a medias, todas y cada una de las palabras que supur...
Cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace. Juan Rulfo. Aunque el sol no salió tampoco aquella mañana, la luz que se colaba entre los nubarrones grises fue suficiente para la búsqueda de Felipe. Lo encontraron con su cabeza y pecho dentro de una pequeña cavidad formada por la cabecera de lata de su cama y una piedra y el resto de su cuerpo atrapado por el lodo. Un pedazo de la pata de la cabecera quedo afuera del lodo y fue allí donde primero buscaron. - Estaba asustado por vos, dijo Evaristo - Yo no, le respondió (y pensó en la voz que escuchó…) Muchos años después Felipe le confesó a su sobrino que desde que vio al Ángel en aquella oscuridad supo que viviría. Evaristo salió aquella misma tarde hacia el Hospital de Escuintla con su esposa Maria que empezó a experimentar dolores extraños en su vientre. Fue un camino difícil, a caballo y a pie hasta salir a la carretera. En el camino s...
Comentarios
Publicar un comentario
Please be kind.